Por María Eugenia Bestani

Hay narraciones que piden, más que otras, ser leídas en el idioma original, no por la calidad de su traducción -en esta edición es muy buena-, sino por la sonoridad que se intuye en el entramado de la prosa, la intensificación del lenguaje, y en los ecos literarios, que la traslación a otra lengua irremediablemente atenúan.

Insisto sobre las virtudes de la traductora, Nuria Barrios. No es fácil remedar el refinamiento léxico, la amalgama de imágenes, y esa búsqueda de la “palabra justa” a la que John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, nos tiene acostumbrados. Si bien acabadas en sí, sus novelas pueden leerse como la reescritura de un gran libro inagotable, cuyo tema es “el sobresalto de la mente al encontrarse consigo misma”, e impactan con una conciencia que trasciende títulos y personajes.

En este caso, Oliver Omar, el protagonista y narrador, es un cleptómano. Roba con placer casi erótico y se ha convertido en un maestro de la hipocresía. Se autodefine secretamente como “ratero”. En público, es un artista de fama, que subsiste gracias a la venta de las pocas obras que le van quedando. Mantiene un romance secreto con su musa, la “sustraída” esposa de un amigo relojero, mientras arrastra un matrimonio de años, al que no puede renunciar. A raíz de este conflicto se ha estancado, no puede producir.

Su condición de artista da lugar a constantes referencias a pinturas, y cavilaciones filosóficas sobre la creación.

La expresión de las cosas

El título es un eco del poema “El hombre de la guitarra azul” de Wallace Stevens: las cosas no son como son, sino como las toca la guitarra azul. Los versos aluden a la naturaleza de la representación, a la traducción de la experiencia vivencial en palabras, notas, o pinceladas. El narrador dice: “Lo que me interesa no son las cosas tal como son, sino cómo se ofrecen para ser expresadas. La forma de expresarlas es todo…” (página 133).

John Banville tiene, además, un alter ego literario, Benjamin Black, pseudónimo con el que ha publicado novelas negras, a las que llama “ejercicios intelectuales”. Esa suerte de racionalidad también se entrevé en su otra ficción. Banville es un creador apolíneo. Fríamente, es capaz de quitarnos el aliento con el virtuosismo verbal, la satisfacción estética, pero también -y por eso mismo- de alienarnos de la pasión desbordante que uno encontraría, por ejemplo, en los grandes narradores rusos, o en las tragedias de Shakespeare.

Sin embargo, bien vale entregarse a su escritura, a su intento de ordenar la “díscola coseidad” de la realidad con los refinados y melancólicos acordes de la guitarra azul.

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